Cuentos completos
Cuentos completos Y al tomar el reloj y ponerlo sobre la repisa de la chimenea sintió que no deseaba que nadie le viera el rostro. Para eso trabajaba, esa era su recompensa; y miró a las personas que tenía delante de sí en ese momento como si hubieran presenciado esa escena en su despacho y ello los pusiera en evidencia; y al desvanecerse (al desvanecerse los Brunners) allí permanecía él, enfrentando a ese gentío hostil. Él, un hombre absolutamente simple, sencillo, un hombre del tipo (se enderezó) de los que no visten de forma elegante, un hombre sin una pizca de gracia, torpe para ocultar los sentimientos; un hombre simple, común y corriente, que se enfrentaba al mal, a la corrupción, a la insensibilidad de la sociedad. Pero ya no los miraría. Se puso las gafas y comenzó a mirar las pinturas. Leyó los títulos de una línea de libros; la mayoría de poesía. Le habría gustado volver a leer algunos de sus clásicos favoritos, Shakespeare, Dickens; deseaba tener tiempo alguna vez para ir a la National Gallery, pero no, no podía. Realmente no podía hacer eso con el mundo en ese estado. No cuando había personas necesitando su ayuda durante todo el día, implorando su ayuda. No eran tiempos para darse lujos. Y miró los sillones, los abrecartas y los libros bien encuadernados; y sacudió la cabeza, sabiendo que nunca tendría el tiempo; jamás, le alegraba saber, podría permitirse esos lujos. Los invitados se sorprenderían de saber lo que había pagado por su tabaco; cómo había conseguido ese traje. Su única extravagancia era un pequeño barco en Norfolk Broads. Eso sí se lo permitía. Le gustaba, una vez al año, alejarse de todo el mundo y recostarse de espaldas en el campo. Pensó cuánto les sorprendería (a esas personas tan elegantes) saber el placer que le provocaba (era lo suficientemente anticuado como para llamarlo así) el amor por la naturaleza; los árboles y los campos que había conocido de niño.