Cuentos completos

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Holgazanes, charlatanes, superficiales, sin una idea en la cabeza, hombres y mujeres elegantes hablaban y reían; y Prickett Ellis los miraba y los comparaba con los Brunners que, al ganar el caso contra la cervecera Fenners y recibir doscientas libras en compensación (no era ni la mitad de lo que deberían haber recibido) gastaron un cuarto de la suma para comprarle un reloj de obsequio. Eso hace la gente de bien; esa clase de actitudes lo conmovían a uno. Y miró a los invitados con más severidad aún, superficiales, cínicos, prósperos; y comparó lo que sentía en ese momento con lo que había sentido a las once de la mañana cuando el señor y la señora Brunner, con su mejor atuendo, ancianos absolutamente respetables y de buen aspecto, le habían llevado esa pequeña muestra de gratitud (como el anciano había dicho, muy erguido al hablar) y respeto por la habilidosa forma en que llevó adelante el caso. Y la señora Brunner, con su voz aguda, manifestó cómo todo se lo debían a él. Y que agradecían profundamente su generosidad, porque, desde luego, no les había cobrado nada.






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