Cuentos completos

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Ella no tenía palabras para explicar el horror que le provocó la historia. Primero su engreimiento; después su indecencia al hablar de los sentimientos de las personas; era una blasfemia. Nadie en el mundo osaría contar una historia así para demostrar que quería al prójimo. Pero mientras Prickett Ellis lo contaba (la forma en que el anciano se puso de pie y habló), los ojos se le llenaron de lágrimas; ¡oh si alguien le hubiera dicho algo así a ella alguna vez! Pero después, otra vez sintió que era justamente eso lo que condenaba a los hombres para siempre. Nunca harían más que contar escenas sentimentales con relojes; Brunners agradeciéndoles a Pricket Ellises y Prickett Ellises diciendo siempre cuánto querían al prójimo. Siempre serían holgazanes, conciliadores y temerían a la belleza. De allí nacen las revoluciones; de la holgazanería y el temor, y de este gusto por las escenas sentimentales. Aún así, a este hombre le causaban placer sus Brunners y ella estaba condenada a sufrir para siempre por las pobres mujeres a las que se les prohibía la entrada a la plaza. Se quedaron en silencio. Los dos eran infelices. Pricket Ellis no se sentía aliviado en absoluto con lo que había dicho; en lugar de extraer la espina la había enterrado aún más; su alegría de la mañana había sido arruinada. La señorita O’Keefe estaba confundida y enfadada; no podía ver nada claro.


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