Cuentos completos
Cuentos completos La mansión del conde del siglo dieciocho había sido transformada en el siglo veinte en un Club. Y era agradable salir a la terraza con vista al Parque después de cenar en el gran salón con los pilares y las arañas bajo esa luz brillante. Los árboles estaban frondosos y, de haber habido luna, se habrían visto las flores rosadas y pasteles de los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, después de un bello día de verano.
Los invitados del señor y la señora Ivimey tomaban café y fumaban en la terraza mirando al Parque. Como para liberarlos de la necesidad de conversar y entretenerlos sin que ellos hicieran esfuerzo alguno, líneas de luz atravesaban el cielo. La guerra había terminado; la fuerza aérea realizaba maniobras, buscaba aviones enemigos en el cielo. Después de detenerse unos instantes para inspeccionar un punto sospechoso, la luz dio una vuelta, como las astas de un molino de viento o las antenas de un insecto, y reveló un frente de piedra cadavérico aquí y un castaño florecido allá. De repente, la luz dio directo a la terraza, y por unos segundos se vio un disco luminoso; tal vez era el espejo de mano de alguna mujer.
—¡Oh! —exclamó la señora Ivimey.
Las luces pasaron. Estaba oscuro otra vez.
—No imaginarán lo que esa cosa me hizo recordar —agregó.