Cuentos completos

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Tomó otro volumen al azar. «¡Qué cobarde soy! Dejé que se me escapara la oportunidad otra vez. Pero me pareció egoísta molestarlo con mis asuntos cuando tiene tanto de qué ocuparse. Y tan pocas veces pasamos una noche solos». ¿Qué significaba eso? Oh, aquí estaba la explicación. Se refería a su trabajo en East End. «Tomé coraje y hablé con Gilbert finalmente. Fue tan bueno, tan generoso. No puso ningún reparo». Recordaba esa conversación. Le había dicho que tenía mucho tiempo libre, que se sentía inútil. Que deseaba tener un trabajo propio. Quería hacer algo (se había sonrojado de forma tan bella al decirlo, sentada en esa silla, lo recordaba) para ayudar a los demás. Él se divirtió un poco con ella. ¿No tenía ya suficiente cuidándolo a él, cuidando a la casa? De todos modos, si eso la entusiasmaba, desde luego, él no lo impediría. ¿Qué era aquéllo? ¿Un distrito? ¿Un comité? Sólo debía prometerle que no se enfermaría. Cada miércoles entonces, comenzó a visitar Whitechapel. Detestaba la ropa que usaba cuando lo hacía. Pero ella se lo había tomado muy en serio, al parecer. El diario estaba lleno de referencias del estilo: «Vi a la señora Jones… Tiene diez hijos… El esposo perdió un brazo en un accidente… Hice lo que pude por encontrarle un empleo a Lily». Se saltó esa parte y siguió leyendo. Su nombre aparecía cada vez menos. Su interés decrecía. Algunas páginas no significaban nada para él. Por ejemplo: «Tuve una discusión bastante acalorada sobre el socialismo con B. M.». ¿Quién era B. M.? Las iniciales no le decían nada; alguna mujer que haya conocido en alguna de las comisiones, pensó. «B. M. criticó violentamente a las clases altas… Caminé a casa después del encuentro con B. M. y traté de convencerlo. Pero es tan testarudo». Así que B. M. era un hombre; sin duda, alguno de esos «intelectuales», como se llaman ellos, tan violentos y testarudos, como decía Ángela. Lo había invitado a la casa, aparentemente. «B. M. vino a cenar. ¡Le estrechó la mano a Minnie!». Esos signos de exclamación terminaron de completar la imagen que se estaba formando. B. M., al parecer, no estaba acostumbrado a las criadas; le había estrechado la mano a Minnie. Seguramente era uno de esos trabajadores obedientes que andan ventilando su ideología en las salas de estar de las mujeres. Gilbert los conocía, y no le agradaba este espécimen en particular, quien quiera que fuera B. M. Aquí estaba otra vez. «Fui con B. M. a la Tower of London… Dijo que la revolución está por estallar… Dijo que vivimos en un Paraíso de Idiotas». Era exactamente la clase de cosas que B. M. diría (Gilbert podía oírlo. Incluso podía verlo con bastante precisión): un hombrecillo regordete, de barba crecida, corbata roja, traje de tweed, como siempre, que jamás había dedicado un día de su vida a un trabajo de verdad. Seguramente Ángela se daba cuenta de eso, ¿verdad? Siguió leyendo. «B. M. dijo algunas cosas bastante desagradables sobre…». Había tachado el nombre cuidadosamente. «Le dije que no toleraría más insultos contra…». Otra vez el nombre había sido tachado. ¿Sería su nombre? ¿Era por eso que Ángela cubría la página de inmediato cuando él entraba? Pensar en eso hizo que creciera su antipatía por B. M. Había sido tan impertinente como para insultarlo en su propia casa. ¿Por qué Ángela nunca le había contado? Era extraño que le ocultara cosas; siempre había sido muy franca. Pasó las páginas, deteniéndose cada vez que nombraba a B. M. «B. M. me contó de su niñez. Su madre limpiaba casas… Cuando pienso en ello se me hace insoportable vivir entre tanto lujo… ¡Tres guineas por un sombrero!». ¡Si tan sólo hubiera discutido el tema con él en lugar de confundir su cabecita con preguntas que eran tan complejas para ella! Le había prestado libros. Karl Marx, XXX. Las iniciales B. M., B. M., B. M. se repetían una y otra vez. ¿Pero por qué nunca lo nombraba? Había una informalidad, una confianza en el uso de las iniciales que era muy extraño en Ángela. ¿Lo llamaba B. M. cuando estaban juntos? Siguió leyendo. «B. M. llegó por sorpresa después de la cena. Afortunadamente estaba sola». Hacía tan sólo un año de eso. «Afortunadamente» (¿por qué afortunadamente?). «Estaba sola». ¿A dónde había ido él esa noche? Chequeó la fecha en su agenda. Fue la noche de la cena en Mansion House. ¡Y Ángela y B. M. habían pasado la noche solos! Intentó recordar esa noche. ¿Estaba esperándolo cuando llegó? ¿Algo no lucía como siempre en la habitación? ¿Había vasos sobre la mesa? ¿Las sillas estaban cerca la una de la otra? No recordaba nada, nada de nada; nada excepto su discurso en la cena en Mansion House. La situación se volvía cada vez más confusa; su esposa recibiendo a un desconocido sola. Quizás el siguiente volumen lo explicara. Rápidamente tomó el último de los diarios, el que había dejado inconcluso al morir. En la primera página aparecía ese maldito otra vez. «Cené sola con B. M.… Se alteró. Dijo que era tiempo de que empezáramos a entendernos… Intenté hacer que me escuchara. Pero no. Me amenazó con que si no…». Había tachado lo que seguía. Había escrito «Egipto. Egipto. Egipto» en toda la hoja. No podía descifrar una sola palabra; pero sólo podía haber una interpretación: el sinvergüenza se le había insinuado. ¡En su casa! El rostro de Gilbert Clandon se enrojeció. Pasó las páginas rápidamente. ¿Qué le había respondido ella? Las iniciales dejaron de aparecer. Ahora era simplemente «él». «Vino otra vez. Le dije que no podía tomar ninguna decisión… Le rogué que me dejara». La había presionado en esta misma casa. ¿Pero por qué no le había contado? ¿Cómo pudo dudarlo siquiera un segundo? Después, «Le escribí una carta». Después venían algunas páginas en blanco. Y después esto: «No me respondió la carta». Más páginas en blanco. «Cumplió su amenaza». Después, ¿qué sucedió después? Pasó página tras página. Todas estaban en blanco. Pero el día antes de morir escribió esto: «¿Tengo yo también el coraje de hacerlo?». Allí terminaba.


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