Cuentos completos
Cuentos completos Él sonrió; lo aceptó; se cruzó de piernas para el otro lado. Ella hizo su parte; él la de él. Así terminaron las cosas. Y sobre ambos cayó instantáneamente esa sensación de vacío paralizante, cuando nada brota de la mente, y sus muros parecen tan lisos; cuando el vacío casi lastima, y los ojos se detienen en un punto fijo (un dibujo, un carbón), con una exactitud que resulta aterradora, pues no hay emoción, ni idea, ni impresión de ningún tipo que la cambie, la embellezca; pues los manantiales de sentimientos parecen sellados y, mientras la mente se vuelve rígida, así también se vuelve el cuerpo, frío, estático. De manera que ni el señor Serle ni la señorita Anning podían moverse o hablar, y sintieron como si un hechicero los hubiera liberado, y la primavera les llenara cada vena con torrentes de vida, cuando Mira Cartwright, palmeando con arrogancia el hombro del señor Serle, dijo:
—Te vi en el Meistersinger y no me saludaste, sinvergüenza —dijo la señorita Cartwright—, no mereces que vuelva a dirigirte la palabra.
Y pudieron separarse.