Cuentos completos

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Satisfecha la curiosidad, y rellena luego de un momento de silencio, Bertram, su borboteante fuente de conversación, invitó al señor y la señora Fulano de Tal a acompañarlos, acercando dos sillas. Se sentaron otra vez, mirando hacia la misma casa, el mismo árbol, el mismo barril; sólo que habiendo visto del otro lado, habiendo visto el cubo, o más bien a Londres siguiendo su andar despreocupado. Sasha ya no pudo esparcir esa nube dorada sobre Londres. Bertram hablaba y los fulanos (por su vida juraba que no se acordaba si eran Wallace o Freeman) respondían, y sus palabras atravesaban una delgada nube de humo dorada y caían en la prosaica luz del día. Ella miró la sólida construcción de la casa al estilo Queen Anne; intentó recordar lo que había leído en la escuela sobre la Isla de Thorney y los hombres en las piraguas, las ostras, los patos salvajes y la neblina. Pero le parecía un asunto propio de desagües y carpinteros; y esta fiesta, nada más que personas vestidas de noche.

Después se preguntó, ¿qué vista era la verdadera? Podía ver el cubo y la casa, mitad iluminada, mitad a oscuras.

Se hizo esa pregunta sobre ese fulano al que, a su humilde manera, había construido a partir de la sabiduría y el poder de las otras personas. La respuesta solía venir por casualidad; incluso le había sucedido que su viejo spaniel le respondiera moviendo la cola.


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