Cuentos completos

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Se sentaron junto al esqueleto del bote de sardinas negro. Es sabido cómo el cuerpo intenta deshacerse de una discusión y disculparse por el exabrupto, dejándose caer, y expresando en esa actitud de relajación, que está listo para cambiar de tema (a cualquiera que esté a mano a continuación). Así Charles, cuyo bastón había estado surcando la playa por al menos un kilómetro, comenzó a raspar los trozos de pizarras sobre el agua, mientras John, que había exclamado «¡maldita política!», enterraba los dedos en la arena. A medida que la arena le llegaba más y más arriba de la muñeca —por lo que debió arremangarse aún más— sus ojos fueron perdiendo intensidad; o más bien fue desapareciendo la marca del pensamiento y la experiencia, que da a los ojos de los adultos una inescrutable profundidad, dejando tan sólo una superficie transparente, que no expresaba sino la sorpresa de los ojos de los niños. Sin duda el acto de escarbar en la arena tenía que ver con eso. Recordó que, después de cavar un rato, el agua se junta alrededor de los dedos; el agujero se convierte en una fosa, un pozo, un manantial, un canal secreto hacia el mar. Mientras se decidía en qué de estas cosas se convertiría, con los dedos todavía enterrados en la arena, rozó algo duro, algo completamente sólido, y despacio sacó a la superficie un objeto grande e irregular. Al quitarle completamente la arena apareció algo verde. Era un trozo de vidrio, tan grueso que era prácticamente opaco. El roce del mar había desgastado los bordes quitándole la forma, de manera que era imposible decir si había sido una botella, un vaso, o el cristal de una ventana; era tan sólo vidrio, casi una piedra preciosa. Sólo había que incrustarlo en un anillo de oro o atravesarlo con un alambre y se convertiría en una joya: un collar, o una luz verde y apagada sobre un dedo. Tal vez sí era una joya después de todo, una que haya usado una oscura princesa, con los dedos en el agua, sentada en la popa del bote, escuchando a los esclavos cantar mientras la cruzaban al otro lado de la bahía. O quizás un cofre de roble Isabelino hundido en el mar se haya quebrado y las esmeraldas hayan rodado y rodado hasta finalmente alcanzar la orilla. John lo tomó en sus manos; lo miró a contraluz; lo sostuvo de manera tal que su cuerpo irregular tapara el brazo derecho extendido de su amigo. El verde se encogía y se agrandaba al sostenerlo contra el cielo o contra el brazo. Estaba impresionado; era tan sólido, tan concentrado; un objeto tan definido a comparación del mar infinito y la orilla desdibujada.


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