Cuentos completos

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Pensara John esto o no, el hecho es que el trozo de vidrio tenía su lugar sobre la repisa, donde aplastaba una pequeña pila de cuentas y cartas, y se convirtió además, no sólo en un perfecto pisapapeles sino en un lugar de reposo natural de los ojos del joven al desviarse del libro. Al ser observado una y otra vez, casi inconscientemente, por una mente que piensa en otra cosa, cualquier objeto se mezcla tan profundamente con los pensamientos que pierde su forma real y se recompone en otra ideal, algo diferente, que acecha al cerebro cuando menos se lo espera. Así John se veía atraído por las vidrieras de las tiendas de curiosidades cuando salía a caminar, simplemente porque veía algo que le recordaba el trozo de vidrio. Cualquier cosa, basta que sea un objeto de algún tipo, más o menos redondo, quizás con una llama moribunda enclavada en el cuerpo, lo que sea (porcelana, vidrio, ámbar, roca, mármol); hasta el suave huevo ovalado de algún ave prehistórica servía. Llegó, incluso, a caminar con la vista fija en el suelo, sobre todo en basurales, a donde van a parar los desperdicios domésticos. De vez en cuando se encuentran objetos así en la basura, inútiles, sin forma, desechados. En pocos meses había recogido cuatro o cinco objetos que ocuparon su sitio en la repisa. Eran útiles además; un hombre que se presentaba como candidato a Parlamento, a punto de comenzar una brillante carrera, tiene muchos papeles que mantener en orden: direcciones de electores, documentos, peticiones de suscripción, invitaciones a cenas y demás.


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