Cuentos completos
Cuentos completos Frunció los labios como si fuera a escupir veneno al mundo; y así permaneció. Todo lo que hizo fue quitarse el guante y rascar con avidez una mancha en el cristal de la ventanilla. Frotó como si quisiera quitar algo para siempre, una suciedad, una imborrable impureza. Pero la mancha no desapareció a pesar del esfuerzo, y otra vez se hundió en el asiento, con el estremecimiento y el movimiento en el brazo que ya me había acostumbrado a esperar. Algo me impulsó a quitarme el guante y rascar mi lado de la ventanilla. Allí también había una pequeña mancha. Tampoco desapareció al frotarla. Un escalofrío me hizo estremecer y llevé el brazo al medio de la espalda. Mi piel también se sentía como la húmeda carne desplumada del pollo. Un punto entre los hombros me picaba y parecía irritado; me sentí avergonzada, enrojecida. ¿Lo alcanzaría? Lo intenté de golpe. Ella me vio. En su rostro se dibujó una sonrisa de infinita ironía, infinita tristeza, que enseguida se esfumó. Pero se había comunicado, había compartido su secreto y, pasado el hechizo, no volvería a hablar. Apoyándome en el respaldo del asiento, protegiendo mis ojos de los suyos, viendo tan sólo las laderas y los valles grises y púrpuras del paisaje de invierno, comprendí su mensaje, descifré su secreto, lo leí en su mirada.