Cuentos completos
Cuentos completos La triste mujer, inclinándose hacia adelante, pálida y descolorida, comenzó a hablarme. Habló de estaciones y vacaciones, de hermanos en Eastbourne, y el momento del año que era, no recuerdo ahora si era principios o fines. Pero al final, mirando por la ventana y contemplando —yo lo sabía— tan sólo la vida, suspiró. «Vivir lejos, ese es el problema». Oh, la catástrofe era inminente. «Mi cuñada…». La acidez de su voz era como limón sobre acero frío, y dirigiéndose —no a mí sino a sí misma— murmuró: «Tonterías, diría ella, es lo único que dicen todos». Y mientras hablaba se movía con nerviosismo, como si la piel de su espalda se sintiera como la de una gallina desplumada en una pollería.
«¡Oh, esa vaca!», dijo con desazón, como si la gran vaca de madera en la pradera la hubiera sorprendido, evitándole así cometer una indiscreción. Se estremeció, y luego hizo ese torpe movimiento angular que ya le había visto antes, como si, después del espasmo, algún punto entre los hombros le quemara o picara. Luego, su rostro recuperó la expresión más infeliz del mundo, y otra vez se lo reproché, aunque no con la misma convicción, pues si había una razón, y si yo sabía la razón, el estigma sería eliminado. «Cuñadas…», dije.