Cuentos completos
Cuentos completos Lentamente los cuchillos y tenedores empiezan a hundirse. Bajan (Bob y Bárbara), extienden los brazos con formalidad; regresan a sus sillas, miran entre un bocado y otro. [Pero esto lo obviaremos; los adornos, las cortinas, la vajilla de porcelana, los rectángulos de queso amarillo, los bizcochos cuadrados, lo obviaremos, pero ¡espera! A mitad del almuerzo vuelve a estremecerse; Bob la mira con la cuchara en la boca. «Termina tu pudín, Bob». Pero Hilda se opone. «¿Por qué se estremece de esa forma?». Haremos como si nada, como si nada, hasta que lleguemos al piso de arriba; las escaleras con barandilla de metal; linóleo gastado; ¡oh sí! La pequeña habitación con vista a los techos de Eastbourne, techos zigzagueantes como el cuerpo de una oruga, para un lado y para el otro, con rayas rojas y amarillas, con empizarrados negros azulados]. Ahora, Minnie, la puerta está cerrada; Hilda baja con pasos firmes; desabrochas las correas de la maleta; sobre la cama, un viejo camisón negro; lado a lado, las pantuflas forradas. El espejo, no, no puedes evitar el espejo. Ordenas cuidadosamente las hebillas para los sombreros. ¿Tendrá algo adentro la cajita de carey? La sacudes; el pendiente de perlas, igual que el año anterior, es todo lo que hay. Y después sollozas, suspiras y te sientas junto a la ventana. Las tres en punto de una tarde de diciembre; afuera llovizna; una luz en la claraboya de la mercería; otra en la habitación de la criada que se apaga enseguida. Ya no tiene nada qué mirar. Un momento de negrura, y después, ¿en qué piensas? (Déjame espiarla; duerme o finge hacerlo. ¿Qué pensará sentada junto a la ventana a las tres de la tarde? ¿Salud, dinero, cuentas, su Dios?). Sí, sentada bien al borde de la silla, mirando los techos de Eastbourne, Minnie Marsh les reza a los Dioses. Muy bien; y hasta podría frotar el vidrio también, para ver mejor a su Dios; ¿pero qué Dios está viendo? ¿Quién es el Dios de Minnie Marsh, el Dios de los callejones de Eastbourne, el Dios de las tres de la tarde? Yo también miro los techos, miro el cielo, pero ¡mi querida! ¡Ver Dioses! Más parecido al Presidente Kruger que al Príncipe Alberto… Es lo mejor que puedo hacer. Y lo veo en un trono, de levita negra, no demasiado alto. Puedo darle una nube o dos para que se siente; y su mano, atravesando las nubes, sostiene una vara, ¿un garrote? Negro, grueso, lleno de espinas; ¡el Dios de Minnie es un viejo matón! ¿Él envió la picazón, la mancha, el espasmo? ¿Es por eso que reza? Lo que frota en la ventana es la mancha del pecado. ¡Oh, ha cometido un delito!