Cuentos completos
Cuentos completos [Minnie, debes prometer que no te estremecerás hasta que aclare las cosas]. James Moggridge vende (¿botones diríamos?); pero todavía no es momento de hablar de ello. Los grandes y los pequeños en los largos cartones, algunos que parecen ojos de loros, otros de un dorado opaco, unos de cuarzo, otros de coral. Pero dije que no era momento. Él viaja, y los jueves, el día en que le toca Eastbourne, almuerza con los Marsh. Su rostro rojo, sus ojos pequeños y tranquilos (para nada corrientes), su gran apetito (eso es seguro: no mirará a Minnie hasta que haya mojado el pan en la salsa), la servilleta colgada al cuello. Pero esto es primitivo; e independientemente del efecto que cause en el lector, no me dejaré llevar. Veamos cómo viven los Moggridge, pongámonos en marcha. Bueno, es el mismo James el que remienda el calzado de familia los domingos. Lee, Truth. Pero ¿y su pasión? Las rosas, y su esposa, una enfermera retirada, interesante, ¡pero, por todos los cielos, déjame ponerle un nombre que me agrade! Pero no; ella es una de los hijos no nacidos de la mente, ilícita, pero no menos querida, como mis rododendros. Cuántos mueren en todas las novelas que se escriben, los mejores, los más queridos, mientras Moggridge sigue vivo. Es culpa de la vida. Ahora Minnie come un huevo, enfrente de mí y al otro lado del ferrocarril, ¿ya pasamos a Lewes? Jimmy ya debe estar allí, ¿o por qué se estremece?