Cuentos completos
Cuentos completos Después de zurcir el guante Minnie Marsh lo coloca en la cómoda. La cierra decidida. Veo su mirada en el espejo. Los labios cerrados. El mentón en alto. Se ata los cordones. Se toca la garganta. ¿De qué es tu prendedor? ¿De muérdago o de espoleta? ¿Y qué está sucediendo? A no ser que esté muy equivocada, el pulso se ha acelerado, el momento se acerca, las fibras laten con fuerza, Niágara está aquÃ. ¡La crisis ha llegado! ¡Que Dios te ayude! Baja las escaleras ¡Coraje, coraje! Enfréntala. Por Dios santo no te quedes parada en el felpudo. Allà está la puerta. Estoy de tu lado. Habla. Enfréntala. ¡Confunde su alma!
«Oh, discúlpeme. SÃ, esto es Eastbourne. Yo se la alcanzo. Déjeme abrirle la puerta». [Pero Minnie, aunque finjamos lo contrario, te he entendido bien… Estoy contigo ahora]
—¿Es todo su equipaje?
—SÃ, muchas gracias.
(Pero ¿por qué miras a tu alrededor? Hilda no está en la estación, tampoco John; y Moggridge ya está del otro lado de Eastbourne).
—Esperaré junto a la maleta, señora, es lo más seguro. Dijo que vendrÃa por mÃ… Oh, allà está, ese es mi hijo.
Y se van caminando juntos.