Cuentos completos
Cuentos completos Pero luego, ¿los bollos, el perro viejo y sin pelo? Frazadas, me imagino, y el consuelo de las sábanas de lino. Si atropellaran a Minnie Marsh y la llevaran al hospital, enfermeras y doctores exclamarÃan… Están la vista y la visión —está la distancia— la mancha azul al final de la avenida, mientras que, después de todo, el té está rico, los bollos tibios, y el perro— «Benny, a su canasta, señorito, y mira lo que te ha traÃdo tu madre». AsÃ, con el guante roto en el pulgar, desafiando una vez más al insolente demonio de lo que se llama estar en apuros, renuevas tus fuerzas, enhebrando la lana gris, la pasas de un lado al otro.
La pasas de un lado al otro, una y otra vez; tejes una telaraña por la que el mismo Dios —shh—, ¡no pienses en Dios! ¡Qué firmes tus puntadas! Debes estar orgullosa de tu zurcido. Que nada la perturbe. Que la luz caiga gentilmente, y las nubes muestren el lado interno de la primera hoja verde. Que el gorrión se pose en la rama y sacuda la gota de lluvia… ¿Por qué mirar hacia arriba? ¿Fue un sonido, un pensamiento? ¡Oh santo cielo! ¿Otra vez a lo que hiciste? ¿A la bandeja con las cintas color púrpura? Pero Hilda vendrá. ¡Ignominias, humillaciones! Oh, cierra la brecha.