Cuentos completos
Cuentos completos James Moggridge está muerto ahora, se ha ido para siempre. Bien, Minnie, «Ya no puedo soportarlo». Sí, eso fue lo que dijo. (Déjenme mirarla. Está barriendo las cáscaras de huevo hacia declives profundos). Lo dijo con mucha seguridad, apoyada contra la pared de la habitación, mientras arrancaba las motitas de la cortina color granate. Pero cuando el yo le habla al yo, ¿quién es el que habla? Lo más profundo del alma, el espíritu llevado a la catacumba central; el ser que tomó el velo y abandona el mundo, un cobarde tal vez; pero bello en cierto punto, deslizándose con su farol, arriba y abajo por el pasillo oscuro. «Ya no puedo soportarlo», dice su espíritu. «Ese hombre en el almuerzo, Hilda, los niños». Oh, santo cielo, ¡su llanto! Es el espíritu lamentando su destino, el espíritu llevado hasta aquí, hasta allí, alojándose en las alfombras encogidas —insignificantes apoyapiés— retazos encogidos de un universo en desaparición —amor, vida, fe, esposo, hijos, no se qué esplendor y pompa vistos en la niñez. «No es para mí, no es para mí».