Cuentos completos
Cuentos completos —¿No has roto nuestra promesa, verdad? —pregunté con ansiedad, notando algo diferente en su figura.
—Oh, la promesa —dijo al pasar—. Tendré un niño, si es a lo que te refieres. No puedes imaginar cuán emocionante, cuán hermoso, cuán gratificante es…
—¿Qué cosa?
—Pues… Responder preguntas —dijo algo confundida. Después me contó todo. Pero en medio de su relato (que me estaba causando mayor interés y entusiasmo que cualquier otra cosa que haya oÃdo jamás) lanzó un grito de lo más extraño, como un chillido con mezcla de clamor.
—¡La castidad! ¡La castidad! ¿Dónde está mi castidad? —gritó—. ¡Ayúdame! ¡El perfume!
No habÃa nada en la habitación más que un pote de mostaza que estuve a punto de alcanzarle cuando recuperó la compostura.
—DeberÃas haber pensado en ello tres meses antes —dije con severidad.
—Es cierto —dijo—. No tiene sentido pensar en ello ahora. Qué ironÃa, por cierto, que mi madre me haya llamado Castalia.
—Oh, Castalia, tu madre… —habÃa comenzado a decir cuando tomó el pote de mostaza.