El lector comun
El lector comun Esa es la cualidad que primero nos asombra de la literatura griega, la forma de ser de puertas afuera, burlona y rápida como el rayo. Es tan patente en los lugares más augustos como en los más triviales. Reinas y princesas en esta misma tragedia de Sófocles cruzan palabras en el rellano como las aldeanas, con una tendencia, como cabe esperar, a gozar con el lenguaje, a cortar las frases en rodajas, a buscar decididamente la victoria verbal. El humor de la gente no era de natural bondadoso como el de nuestros carteros y cocheros. Los insultos de los hombres que holgazaneaban en las esquinas de las calles tenÃan algo de cruel y también de ingenioso. Hay una crueldad en la tragedia griega que difiere bastante de nuestra brutalidad inglesa. ¿No queda Penteo, por ejemplo, ese hombre sumamente respetable, ridiculizado en Las bacantes antes de ser destruido? En efecto, sin duda, estas reinas y princesas estaban al aire libre, con las abejas zumbando al pasar, sombras cayendo sobre ellas y el viento asiéndose a sus vestiduras. Hablaban para un enorme público dispuesto a su alrededor, en uno de esos radiantes dÃas meridionales de sol muy intenso y, aun asÃ, de atmósfera tan fascinante. El poeta, por lo tanto, tenÃa que proponerse no un tema que la gente pudiera leer durante horas en la intimidad, sino algo enfático, familiar, breve, que llegara al instante y de forma directa a un público de diecisiete mil personas tal vez, con oÃdos y ojos impacientes y atentos, con cuerpos cuyos músculos se entumecerÃan en caso de permanecer sentados demasiado tiempo sin distracción. NecesitarÃa música y danza, y elegirÃa naturalmente una de esas leyendas, como nuestra Tristán e Isolda, que todo el mundo conoce a grandes rasgos, de tal forma que una gran reserva de emoción esté ya preparada, pero pueda acentuarse en un nuevo lugar por cada nuevo poeta.