El lector comun
El lector comun En esta capacidad de sorprender y subyugar al lector de repente, Donne supera a la mayorÃa de los poetas. Es su cualidad caracterÃstica; es asà como nos atrapa, resumiendo su esencia en una palabra o dos. Pero es una esencia que, mientras opera dentro de nosotros, se separa en extraños contrarios que no casan entre sÃ. Pronto empezamos a preguntarnos de qué está compuesta esta esencia, qué elementos se han dado cita para producir una impresión tan profunda y compleja. Algunas pistas obvias yacen esparcidas por la superficie de los poemas. Cuando leemos las Sátiras, por ejemplo, no necesitamos ninguna prueba externa que nos diga que son obra de un muchacho. Está en posesión de toda la crueldad y la confianza de la juventud, su odio por las locuras de la mediana edad y por las convenciones. Pesados, embusteros, cortesanos —embaucadores e hipócritas como son—, ¿por qué no reunirlos y borrarlos de la faz de la tierra de unos cuantos plumazos? Y asà estas figuras necias son aplastadas con un ardor que prueba cuánta esperanza y fe y gozo vital inspira el salvajismo del desprecio juvenil. Pero, al seguir leyendo, empezamos a sospechar que el muchacho de rostro curioso y complejo del retrato de juventud —atrevido, pero sutil; sensual, aunque rigurosamente perfilado— poseÃa cualidades que lo hacÃan excepcional entre los jóvenes. No es simplemente que el corrillo y la presión de la juventud que es más sabia que sus palabras le hubieran alentado a alcanzar la gracia o la claridad con demasiada premura. Puede que en este recorte y reducción, en este amontonamiento abrupto de pensamiento sobre pensamiento, haya algún descontento más profundo que el de la juventud hacia la edad, de la honestidad hacia la corrupción. Él se rebela no simplemente contra sus mayores, sino contra algo que le resulta antipático en el talante de su tiempo. Su verso posee la desnudez deliberada de aquellos que rechazan aprovecharse de los usos vigentes. Tiene la extravagancia de aquellos que no sienten la presión de la opinión, de manera que a veces les falla el juicio, y acumulan la novedad por amor a la novedad. Él es uno de esos inconformistas, como Browning y Meredith, que no se pueden resistir a glorificar su inconformismo con una pizca de excentricidad deliberada y gratuita. Pero para descubrir lo que no le gustaba a Donne de su propia época, imaginemos algunas de las influencias más obvias que debieron de ser decisivas cuando escribió sus primeros poemas, preguntémonos qué libros leyó. Y por el propio testimonio de Donne descubrimos que sus libros escogidos eran las obras de «graves sacerdotes»; o filósofos; de «alegres estadistas que enseñan cómo atar / las fibras del mÃstico cuerpo de la ciudad»; y cronistas. Claramente le gustaban los hechos y los razonamientos. Si hay también poetas entre sus libros, los epÃtetos que les aplica, «caprichosos, fantasiosos»,[34] parecen menospreciar el arte, o al menos mostrar que Donne sabÃa a la perfección qué cualidades le resultaban antipáticas en poesÃa. Y sin embargo vivÃa en la mismÃsima primavera de la poesÃa inglesa. Algo de Spenser podrÃa haber estado en sus estantes; y la Arcadia de Sidney; y el Paradise of Dainty Devices y el Euphues de Lyly. Tuvo la oportunidad, y aparentemente la aprovechó —«Le digo de nuevos dramas»—,[35] de ir al teatro; de ver los montajes de las obras de Marlowe y Shakespeare. En sus salidas por Londres debió de haber conocido sin duda a todos los escritores de ese tiempo —Spenser y Sidney y Shakespeare y Jonson—; debió de haber oÃdo hablar en esta taberna o en esa charla de comedias nuevas, de nuevas modas en verso, el debate acalorado y erudito sobre las posibilidades del idioma inglés y el futuro de la poesÃa inglesa. Y, con todo, si acudimos a su biografÃa, encontramos que ni se asociaba con sus coetáneos ni leÃa lo que escribÃan. Era uno de esos seres originales incapaces de sacar provecho y que más bien les molesta y les distrae lo que se esté haciendo a su alrededor en ese momento. Si volvemos de nuevo a las Sátiras, es fácil ver por qué. Aquà hay una mente activa y atrevida a la que le encanta tratar con las cosas de verdad, que lucha por expresar cada impresión del modo exacto en que incide en sus agudizados sentidos. Un pelma lo para en la calle. Él lo ve con exactitud, vÃvidamente: