El lector comun
El lector comun Sus ropas eran extrañas y burdas, y negras aunque raídas;
sin mangas su justillo, había sido terciopelo,
pero era ahora (tanto su trama se veía)
tafetán…
Después le gusta dar las palabras reales que la gente dice:
Él, igual que cuerda tensa de laúd, chilló: «Oh, señor,
es bello hablar de reyes». «En Westminster —dije yo—,
el que cuida las tumbas de la abadía,
y por su precio habla con cualquiera que llega
de todos nuestros Enriques y Eduardos,
de rey a rey y a todos sus familiares puede ir:
tus oídos no oirán nada sino reyes; tus ojos verán
solamente reyes, y hasta la entrada es por la calle del Rey.»[36]
Su fuerza y su debilidad se van a encontrar aquí. Selecciona un detalle y lo observa fijamente hasta que lo ha reducido a las pocas palabras que expresan su peculiaridad:
E igual que un atado de zanahorias
se ven los dedos cortos e hinchados de tu mano gotosa,[37]