El lector comun

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El genio de Donne era justamente lo contrario. Él reducía; él particularizaba. No sólo veía cada mancha y arruga que desfigurase el bello contorno, sino que advertía con la mayor curiosidad su propia reacción ante semejantes contrastes y ansiaba disponer las dos visiones en conflicto una al lado de la otra y dejarlas producir su propia disonancia. Este deseo de desnudez en una época florida, esta determinación por dejar constancia no de los parecidos que van a componer un todo completo y correcto, sino de las incongruencias que rompen las apariencias, el poder para hacernos sentir las diferentes emociones de amor y odio y risa al mismo tiempo, es lo que separa a Donne de sus contemporáneos. Y si el tráfago habitual del día —el asalto de un pelma, caer en la trampa que nos ha tendido un letrado, el desaire de un cortesano— causaba una impresión tan acusada, el efecto de enamorarse iba a ser con toda seguridad incomparablemente mayor. Enamorarse significaba, para Donne, mil cosas; significaba estar atormentado e indignado, desilusionado y extasiado; pero también significaba decir la verdad. Los poemas amatorios, las elegías y las cartas revelan así una figura de un calibre muy diferente al de la típica figura de la poesía amatoria isabelina. Ese gran ideal, construido por una veintena de plumas elocuentes, aún arde brillante ante nuestros ojos. Su cuerpo era de alabastro, sus piernas de marfil; su cabello era hilo dorado y sus dientes perlas de Oriente. Había música en su voz y majestuosidad en su caminar. Ella podía amar y divertirse y ser infiel y complaciente y cruel y fiel; pero sus emociones eran sencillas, como correspondía a su persona. Los poemas de Donne ponen de manifiesto a una dama de un molde muy diferente. Era de tez oscura, pero también hermosa; era solitaria, pero también sociable; era pueblerina, aunque también le gustaba la vida de ciudad; era escéptica aunque devota, emotiva pero reservada —en resumen, era tan variada y compleja como el mismo Donne. En cuanto a elegir un tipo de perfección humana y limitarse a amarla y solamente a ella, ¿cómo pudo Donne, o cualquier hombre que diera rienda suelta a sus sentidos y constatara honestamente sus propios estados de ánimo, limitar así su naturaleza y contar semejantes mentiras para aplacar lo convencional y lo decoroso? ¿No era «la misma variedad, que es lo mejor que existe en el amor»?[39] «La mudanza es la madre de alegría, de música y de vida perenne»,[40] cantaba. Puede que la tímida moda de la época limitara a un enamorado por mujer. Por su parte, él envidiaba y admiraba a los antiguos, «que no tenían por crimen la pluralidad de los amores»:


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