El lector comun
El lector comun Así, a través del cristal de la poesía de Donne, ora con oscuras nubes, ora de una brillante claridad, vemos pasar en procesión a las muchas mujeres que amó y odió: la vulgar Julia, a quien despreciaba; la boba, a quien enseñó el arte del amor; la que estaba casada con un marido inválido, «enjaulado en su sillón de mimbre»;[42] únicamente se la podía amar con estrategias peligrosas; la que soñó con él y lo vio asesinado cuando cruzaba los Alpes, a quien tenía que disuadir del riesgo de amarlo; y por último, la otoñal, la dama aristocrática por quien sintió más reverencia que amor. Así desfilan, corrientes y excepcionales, sencillas y sofisticadas, jóvenes y viejas, nobles y plebeyas, y cada una lanza un hechizo diferente y hace surgir un enamorado diferente, aunque el hombre sea el mismo hombre, y las mujeres, quizá, sean también fases de la condición de mujer, más que mujeres individuales y distintas. Años más tarde, el deán de la catedral de San Pablo hubiera editado gustosamente algunos de estos poemas y suprimido uno de estos enamorados, presumiblemente el poeta de «Yendo al lecho» y «La guerra del amor». Pero el deán se habría equivocado. Es la unión de tantos deseos diferentes lo que confiere a la poesía amatoria de Donne no sólo su vitalidad, sino también una cualidad que rara vez se encuentra con fuerza semejante en el enamorado ortodoxo y convencional: su espiritualidad. Si no amamos con el cuerpo, ¿podemos amar con la mente? Si no amamos variada y libremente, admitiendo la atracción primero de esta cualidad y después de esa otra, ¿podemos finalmente escoger la única cualidad que sea esencial y adherirnos a ella y así firmar las paces entre los elementos beligerantes y pasar a un estado existencial que transcienda el «Él y Ella»?[43] Incluso cuando era más voluble y daba carta blanca a su lujuria de juventud, Donne podía predecir la estación de la madurez, cuando amaría de forma diferente, con dolor y dificultad, a una y solamente una. Incluso cuando desdeñaba y despotricaba e insultaba, él adivinaba otra relación que trascendía el cambio y la partida, y podía, incluso en la ausencia de los cuerpos, conducir a la unidad y a la comunión: