El lector comun
El lector comun Así, finalmente, alcanzamos la última sección del libro, los Sonetos sacros y los Poemas divinos. De nuevo la poesía cambia al cambiar las circunstancias y los años. El mecenas se ha ido, llevándose consigo la necesidad de mecenazgo. Lady Bedford ha sido sustituida por un príncipe aún más virtuoso y aún más remoto. Hacia él se vuelve ahora el próspero, el importante, el famoso deán de la catedral de San Pablo. Pero ¡qué diferente es la poesía divina de este gran dignatario de la poesía divina de los Herbert y los Vaughan! El recuerdo de sus pecados vuelve a él cuando escribe. Ha ardido de «deseo y envidia»;[54] ha perseguido amores profanos; ha sido desdeñoso y voluble y apasionado y servil y ambicioso. Ha alcanzado su meta; pero ahora está más débil y es peor que el caballo o el toro. Ahora también se siente solo. «Desde que la que amaba» murió, «mi dicha ha muerto».[55] Ahora por fin su mente está «totalmente volcada en lo celestial». Y sin embargo, ¿cómo pudo Donne —ese «pequeño mundo creado ingeniosamente de elementos»—[56] estar totalmente centrado en una sola cosa?
Ay, para vejarme, los contrarios se encuentran en uno:
la inconstancia ha concebido contra natura
un hábito constante; que cuando no quiera,
mude mis votos y mi devoción.[57]