El lector comun
El lector comun Pero aquà surgen muchas dificultades. Pues tenemos nuestra propia visión del mundo; lo hemos creado a partir de nuestras propias experiencias y prejuicios, y está por tanto ligado a nuestras vanidades y amores. Es imposible no sentirse herido e insultado si se hacen trampas y se turba nuestra armonÃa privada. AsÃ, cuando aparece Jude el oscuro o un nuevo volumen de Proust, los periódicos se llenan de protestas. El comandante Gibbs de Cheltenham se meterÃa una bala en la cabeza si la vida fuera como la pinta Hardy; la señorita Wiggs de Hampstead debe quejarse de que aunque el arte de Proust es maravilloso, el mundo real, y se lo agradece a Dios, no tiene nada en común con las distorsiones de un francés pervertido. Tanto el caballero como la dama están intentando controlar la perspectiva del novelista de manera que se asemeje y refuerce la suya propia. Pero el gran escritor —Hardy o Proust— sigue su camino sin tener en cuenta los derechos de la propiedad privada; con el sudor de su frente engendra orden a partir del caos; planta su árbol allá y su hombre acá; vuelve la figura de su deidad remota o presente a voluntad. En las obras maestras —libros donde la visión es clara y se ha logrado el orden— nos impone su propia perspectiva con tanta fuerza que sufrimos un martirio la mitad de las veces: nuestra vanidad resulta herida porque nuestro propio orden está turbado; tenemos miedo porque nos están arrebatando los viejos apoyos; y nos aburrimos —pues, ¿qué placer o diversión se puede arrancar de una idea nueva y flamante? Con todo, de la ira, del miedo y del aburrimiento nace en ocasiones un goce excepcional y duradero.