El lector comun
El lector comun Robinson Crusoe tal vez sea un ejemplo al efecto. Es una obra maestra, y lo es, en gran medida, porque Defoe se ha mantenido consistente con su propio sentido de la perspectiva durante toda la obra. Por esta razón él nos frustra y nos falta al respeto a cada paso. Observemos el tema en general y de manera imprecisa, comparándolo con nuestras ideas preconcebidas. Es, sabemos, la historia de un hombre al que se le arroja, tras muchos peligros y aventuras, a una isla desierta solo. Un simple esbozo —peligro y soledad y una isla desierta— basta para suscitar en nosotros la expectativa de ciertas tierras lejanas en los confines del mundo; del amanecer y la puesta de sol; del hombre, aislado de su especie, meditando sobre la naturaleza de la sociedad y los extraños usos de los hombres. Antes de que abramos el libro quizá hayamos perfilado vagamente la clase de placer que esperamos que nos proporcione. Leemos; y se nos contradice de manera poco cortés en cada página. No hay puestas de sol ni amaneceres; no hay soledad ni alma. Hay, por el contrario, mirándonos directamente a la cara ni más ni menos que un gran recipiente de barro. Se nos cuenta, en otras palabras, que era el 1 de septiembre de 1651; que el nombre del héroe es Robinson Crusoe; y que su padre sufre de gota. Obviamente, entonces, tenemos que cambiar de actitud. La realidad, el hecho, la sustancia va a dominar todo lo que sigue. Debemos alterar del todo apresuradamente nuestras proporciones; la naturaleza debe remangarse sus espléndidas púrpuras; es la única que da la sequía y el agua; se debe reducir al hombre a un animal que lucha para sobrevivir; y Dios debe encogerse hasta convertirse en un magistrado cuyo asiento, sólido y algo duro, apenas quede por encima del horizonte. Cada una de nuestras salidas en busca de información sobre estos puntos cardinales de la perspectiva —Dios, el hombre, la naturaleza— se ve rechazada con un sentido común despiadado. Robinson Crusoe piensa en Dios: «a veces discutía conmigo mismo acerca de por qué la providencia tenía que arruinar así por completo a sus criaturas … Pero algo siempre volvía raudo a mí para refrenar estos pensamientos». Dios no existe. Piensa en la naturaleza, los campos «adornados con flores y hierba y llenos de bellos bosques», pero lo importante de un bosque es que acoge una gran cantidad de loros a los que se puede domesticar y enseñar a hablar. La naturaleza no existe. Piensa en aquellos a quienes él mismo ha matado. Es de suma importancia que sean enterrados de inmediato, pues «se hallan expuestos al sol y pronto resultarían muy desagradables». La muerte no existe. Nada existe excepto un recipiente de barro. Al final, en otras palabras, se nos fuerza a prescindir de nuestras ideas preconcebidas y a aceptar lo que el mismo Defoe desee darnos.