El lector comun
El lector comun Mas aunque a Sterne le fuese posible corregir sus modales, le fue imposible corregir su estilo. Este, en gran medida, habÃa llegado a ser parte de sà mismo, tanto como su gran nariz o sus ojos brillantes. Con las primeras palabras —«De este asunto —dije— se encargan mejor en Francia»— estamos en el mundo de Tristram Shandy. Es un mundo en el que cualquier cosa puede suceder. Apenas sabemos qué broma, qué sarcasmo, qué destello de poesÃa mirará de pronto a través de la brecha que esta pluma tan sorprendentemente ágil ha abierto en el espeso seto de la prosa inglesa. ¿Es el mismo Sterne responsable de ello? ¿Sabe lo que va a decir a continuación a pesar de estar totalmente resuelto a comportarse mejor que nunca esta vez? Las frases, nerviosas e inconexas, son tan rápidas y, se dirÃa, están tan poco controladas como las frases que salen de los labios de un conversador brillante. La puntuación en sà es la del habla, no la de la escritura, y trae consigo el sonido y las asociaciones de la voz. El orden de las ideas —su brusquedad e irrelevancia— le hace más justicia a la vida que a la literatura. Hay una intimidad en esta relación que permite que eludan las recriminaciones algunas cosas que habrÃan sido de dudoso gusto de haberse dicho en público. Bajo el influjo de este extraordinario estilo, el libro se vuelve semitransparente. Las ceremonias y convenciones corrientes que guardan las distancias entre lector y escritor desaparecen. Nos encontramos tan cerca de la vida como es posible.