El lector comun
El lector comun Tristram Shandy, pese a ser la primera novela de Sterne, fue escrita en un momento en que muchos han escrito su vigésima obra, es decir, a los cuarenta y cinco años. Pero muestra todos los signos de la madurez. Ningún escritor joven se hubiera atrevido a tomarse semejantes libertades con la gramática y la sintaxis y la sensatez y la propiedad y la bien asentada tradición de cómo se debería escribir una novela. Necesitó una fuerte dosis de la confianza de la mediana edad y su indiferencia ante la censura para correr tales riesgos de escandalizar a los instruidos con un estilo propio tan alejado de lo convencional, y a los respetables con la irregularidad de los principios morales de uno. Pero corrió el riesgo y el resultado fue prodigioso. Todos los grandes, todos los melindrosos se quedaron encantados. Sterne se convirtió en el ídolo de la localidad. Únicamente, en medio del clamor de la risa y el aplauso que acogieron al libro, se iba a oír la voz del público en general, de mentalidad simple, quejándose de que era un escándalo, viniendo de un clérigo, y declarando que el arzobispo de York debía administrarle, como mínimo, una reprimenda. El arzobispo, al parecer, no hizo nada. Pero Sterne, por poco que permitiera que se notara por fuera, se tomó a pecho las críticas. Ese pecho también había estado afligido desde la publicación de Tristram Shandy. Eliza Draper, el objeto de su pasión, se había embarcado para reunirse con su marido en Bombay. En su siguiente libro, Sterne estaba decidido a hacer efectivo el cambio que le había sobrevenido y demostrar no sólo la brillantez de su ingenio, sino lo más hondo de su sensibilidad. En sus propias palabras, «mi propósito fue enseñarnos a amar al mundo y a nuestros congéneres más de lo que acostumbramos». Fueron dichos motivos los que lo animaron cuando se sentó a escribir la narración de un pequeño recorrido por Francia a la que llamó El viaje sentimental.