El lector comun
El lector comun Aun asà existe una diferencia. A pesar de todo su interés por la psicologÃa, Sterne era mucho más diestro y menos profundo de lo que los maestros de esta escuela algo sedentaria han llegado a ser desde entonces. Después de todo, él está contando una historia, llevando a cabo un viaje, por más arbitrarios y zigzagueantes que sean sus métodos. Pese a nuestras divagaciones, cubrimos la distancia entre Calais y Modane en el espacio de muy pocas páginas. Interesado como estaba por la forma en que veÃa las cosas, las cosas en sà le interesaban también sobremanera. Su elección es caprichosa e individual, pero ningún realista podrÃa obtener un resultado más brillante al plasmar las impresiones del momento. El viaje sentimental es una sucesión de retratos —el monje, la dama, el chevalier vendiendo patés, la muchacha en la librerÃa, La Fleur con sus bombachos nuevos— y una sucesión de escenas. Y aunque el vuelo de su mente errática es tan zigzagueante como el de una libélula, uno no puede negar que esta libélula tenga alguna lógica en su vuelo, y elija las flores no al azar, sino por alguna armonÃa exquisita o por alguna discordancia brillante. Nos reÃmos, lloramos, despreciamos y compadecemos por turnos. Cambiamos de una emoción a la opuesta en un abrir y cerrar de ojos. Este leve vÃnculo con la realidad aceptada, este descuido de la secuencia ordenada de la narrativa permite a Sterne casi la licencia de un poeta. Puede expresar ideas que unos novelistas corrientes tendrÃan que pasar por alto; y ello en un lenguaje que, aun cuando el novelista corriente lo controlara, se verÃa como una extravagancia intolerable en la página.