El lector comun
El lector comun Caminé gravemente hacia la ventana con mi polvoriento abrigo negro y, mirando a través del cristal, vi a todo el mundo de amarillo, azul y verde, apresurando el paso por el corral de recreo: los viejos con lanzas rotas y cascos que habían perdido sus viseras; los jóvenes con brillantes armaduras que resplandecían como el oro, con penachos de todas las coloridas plumas del este. Todos y cada uno de ellos arremetiendo como caballeros fascinados en torneos de antaño en pos de fama y amor.
Hay muchos pasajes de semejante pureza poética en Sterne. Uno puede recortarlos y leerlos aparte del texto y, sin embargo —pues Sterne era un maestro en el arte del contraste—, se hallan armónicamente contiguos en la página impresa. Su frescura, su optimismo, su perpetuo poder de sorprender y sobresaltar son el resultado de esos contrastes. Nos lleva hasta el mismísimo borde de algún profundo precipicio del alma; echamos un rápido vistazo a sus profundidades; al momento siguiente, se nos lleva bruscamente a contemplar los verdes pastos que refulgen al otro lado.
Si Sterne nos angustia, es por otra razón. Y aquí la culpa va a recaer parcialmente al menos en el público, ese público que había quedado conmocionado, que había proclamado a gritos tras la publicación de Tristram Shandy que el escritor era un cínico que merecía que lo apartaran del sacerdocio. Sterne, por desgracia, creyó necesaria la réplica: