El lector comun
El lector comun Fue algo atrevido para un clérigo el percibir una relación entre la religión y el placer. Sin embargo, le puede, quizá, excusar que en su propio caso la religión de la felicidad tuvo que superar una gran cantidad de dificultades. Si ya no eres joven, si estás endeudado hasta el cuello, si tu esposa es desagradable, si, mientras viajas ruidosamente por Francia en un carruaje, agonizas de tuberculosis, entonces la búsqueda de la felicidad no es tan fácil después de todo. Mas el deber nuestro es buscarla. Debemos hacer piruetas por el mundo, mirando furtiva y detenidamente, disfrutando de un flirteo aquÃ, dando unas monedas allá y sentándonos en cualquier lugar soleado que podamos encontrar. Debemos contar un chiste, aunque el chiste no sea del todo decoroso. Ni siquiera en la vida diaria debemos olvidarnos de gritar: «¡Os saludo, pequeñas, dulces gentilezas de la vida, porque allanáis el camino!». Debemos —pero basta de deber; no es una palabra con la que Sterne estuviera muy encariñado. Solamente cuando se deja el libro a un lado y se recuerda su simetrÃa, su gracia, su disfrute sincero de todos los aspectos diversos de la vida, la facilidad y belleza brillantes con las que se nos transmiten, sólo entonces reconocemos la columna vertebral de convicción que lo sostiene. ¿No fue el cobarde de Thackeray— el hombre que trivializó tan inmoralmente con tantas mujeres y escribió misivas de amor en papel con borde dorado cuando debiera haber estado postrado en un lecho de enfermo o escribiendo sermones—, no fue un estoico a su modo, un moralista y un profesor? La mayorÃa de los grandes escritores lo son, al fin y al cabo. Y que Sterne lo fue, y muy grande, no podemos dudarlo.