El lector comun
El lector comun Amenudo al lector debe de darle la impresión de que poca crÃtica que merezca ese apelativo se ha escrito en inglés sobre prosa —nuestros grandes crÃticos han dedicado lo mejor de sus mentes a la poesÃa. Y quizá la razón de por qué la prosa requiere tan raras veces las más altas facultades de un crÃtico, pero le invita a argumentar una circunstancia o a debatir la personalidad del autor— a tomar un tema del libro y hacer de su crÃtica un aire interpretado como una variación—, ha de buscarse en la actitud del prosista hacia su propia obra. Aunque escriba como un artista, sin perseguir un fin práctico, aun asà trata la prosa como a una humilde bestia de carga que debe albergar todo tipo de menudencias; como una sustancia impura donde el polvo y las verdascas y las moscas encuentran cobijo. Pero la mayorÃa de las veces el prosista tiene un objetivo práctico en mente, una teorÃa que argumentar o una causa que defender, y con ello adopta la opinión del moralista de que se debe abjurar de lo remoto, lo difÃcil y lo complejo. Su deber es con el presente y con los vivos. Se siente orgulloso de llamarse a sà mismo periodista. Debe usar las palabras más sencillas y expresarse lo más claramente posible para llegar al mayor número de personas del modo más llano. Por tanto no se puede quejar de los crÃticos si su escritura, como la irritación en la ostra, sirve sólo para engendrar otro arte; ni sorprenderse si sus páginas, una vez que han transmitido su mensaje, acaban en una pila de basura con otros objetos que ya han cumplido su propósito.