El lector comun

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Pero algunas veces nos encontramos incluso en la prosa con una escritura que parece inspirada por otros fines. No desea dar razones, ni convertir, ni siquiera contar una historia. Para disfrutar nos basta con las palabras mismas; no tenemos que realzarla leyendo entre líneas o haciendo un viaje de descubrimiento por la psicología del escritor. De Quincey, desde luego, es uno de estos raros seres. Cuando pensamos en su obra la recordamos por algún pasaje de tranquilidad y plenitud, como el siguiente:

«¡La vida ha acabado!» era el recelo secreto de mi corazón; pues el corazón de la infancia es tan aprensivo como el de la más madura sabiduría en relación con cualquier herida capital infligida a la felicidad. «¡La vida ha acabado! ¡Acabada está!» era el significado oculto que, inconsciente sólo a medias, se escondía en mis suspiros; e igual que las campanas oídas desde la distancia en una tarde estival parecen cargadas en ocasiones de una forma articulada de palabras, cierto mensaje admonitorio que redobla sin cesar, aun así a mí me parecía que una voz silenciosa y subterránea cantaba continuamente una palabra secreta, audible únicamente para mi propio corazón: que «ya el florecer de la vida se marchitó para siempre».



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