El lector comun

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Este efecto se intenta muy raras veces en prosa y raras veces le resulta apropiado a causa de este preciso carácter de finalidad. No conduce a ninguna parte. No añadimos a nuestra idea del pleno estío y la muerte y la inmortalidad conciencia alguna de quien esté oyendo, viendo y sintiendo. De Quincey quería apartar de nosotros todo salvo el retrato de «un niño solitario, y su combate en solitario con la pena —una poderosa oscuridad y una tristeza sin voz», para hacernos sondear y explorar las profundidades de esa única emoción. Es este un estado general y no particular. Por ello De Quincey estaba reñido con los fines del prosista y su moralidad. Tenía que poner a su lector en posesión de un significado de esa compleja clase que es, en gran manera, una sensación. Tenía que adquirir plena conciencia no simplemente del hecho de que un niño estuviera junto a una cama, sino de la quietud, la luz del sol, las flores, el paso del tiempo y la presencia de la muerte. Nada de esto podía transmitirse con simples palabras en su orden lógico; la claridad y la simplicidad sólo travestirían y deformarían ese significado. De Quincey, sin duda, era totalmente consciente del abismo que había entre él, como escritor que quería transmitir dichas ideas, y sus coetáneos. Se volvió desde el terso y preciso discurso de su tiempo hacia Milton y Jeremy Taylor y Thomas Browne; de ellos aprendió el balanceo de la frase extensa que barre sus volutas hacia dentro y hacia fuera, que eleva la cima de la pila cada vez más. Después vino una disciplina conseguida, de forma sumamente drástica, por la precisión de su propio oído— la ponderación de las cadencias, la consideración de las pausas; el efecto de las repeticiones y las consonancias y asonancias—; todo esto formaba parte de la obligación de un escritor que desea presentar un significado complejo, de manera plena y completa, ante su lector. Cuando, por tanto, llegamos a considerar críticamente uno de esos pasajes que han causado tan honda impresión, hallamos que ha sido compuesto de modo muy parecido a como lo habría escrito un poeta como Tennyson. Hay el mismo cuidado en el uso del sonido; la misma variedad de medida; cambia la longitud de la frase y se desplaza su peso. Pero todas estas medidas quedan diluidas en un menor grado de vigor y su fuerza se extiende por un espacio mucho mayor, de modo que la transición del compás más bajo al más alto se hace mediante una gradación de peldaños con poca pendiente, y alcanzamos las cumbres supremas sin violencia. De ahí la dificultad de destacar la cualidad particular de un verso en concreto, como en un poema, y la futilidad de sacar un pasaje de su contexto, pues su efecto se compone de evocaciones que se han recibido a veces varias páginas más atrás. Además, De Quincey, a diferencia de algunos de sus maestros, no sobresalía en la majestad repentina de la frase; su facultad residía en evocar imágenes de tamaño considerable y a grandes rasgos; paisajes en los que no se ve nada con detalle; rostros sin facciones; la quietud de la medianoche o del verano; el tumulto y el miedo de la multitud que huye; la angustia que eternamente cae y se levanta y alza sus brazos desesperada.


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