El lector comun
El lector comun EntendÃa por autobiografÃa no sólo la historia de la vida externa, sino de las más profundas y ocultas emociones. Y se daba cuenta de la dificultad de hacer semejante confesión: «… un inmenso número de personas, aunque liberadas de cualquier motivo razonable de autocontrol, no pueden hacer confidencias; no está en su mano dejar a un lado su reserva». Cadenas en el aire, embelesos invisibles, atan y hielan el espÃritu libre de la comunicación. «Es debido a que un hombre no puede ver y medir estas fuerzas mÃsticas que lo paralizan por lo que no puede manejarlas de modo eficaz». Con tales percepciones e intenciones es extraño que De Quincey no lograra estar entre los grandes autobiógrafos de nuestra literatura. Ciertamente no se cohibÃa ni estaba embelesado. Quizá una de las razones que le llevaron a fracasar en su tarea de descripción personal no fuera la falta de capacidad expresiva, sino la sobreabundancia. Era profusa e indiscriminadamente locuaz. La cualidad de divagar —la enfermedad que atacó a tantos de los escritores decimonónicos ingleses— lo rodeaba y envolvÃa. Pero mientras resulta fácil ver por qué las obras de Ruskin o Carlyle son colosales e informes —habÃa que encontrar espacio para toda suerte de objetos heterogéneos como fuera, donde fuera—, De Quincey no tenÃa su misma excusa. No le habÃa sido impuesta la carga del profeta. Era por otra parte el más meticuloso de los artistas. Nadie entona el sonido y modula la cadencia de una oración con más esmero y exquisitez. Pero, por extraño que parezca, la sensibilidad que estaba vigilante para avisarle instantáneamente si un sonido chocaba o un ritmo decaÃa le fallaba por completo cuando se trataba de la arquitectura del conjunto. Entonces podÃa tolerar una desproporción y una profusión que hacen que su libro sea tan hidrópico e informe como cada frase es simétrica y fluida. Es sin duda, por usar la expresiva palabra acuñada por su hermano para describir la tendencia de De Quincey niño «a alegar alguna distinción o reparo verbal», el prÃncipe de los picapleitos. No sólo encontraba «en las palabras de todo el mundo una oportunidad involuntaria para las dobles interpretaciones», sino que era incapaz de contar la historia más simple sin calificar e ilustrar e introducir información adicional, hasta que la cuestión que habÃa que aclarar se habÃa extinguido desde hacÃa tiempo en las turbias brumas de la distancia.