El lector comun

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Junto a su fatal verbosidad y la debilidad de su capacidad arquitectónica, De Quincey padecía también como autobiógrafo de una tendencia a la abstracción meditativa. «Era mi enfermedad —decía—, meditar demasiado y observar demasiado poco.»[61] Una curiosa formalidad difumina su visión y la convierte en una vaguedad general, la cual deriva en una monotonía incolora. Vertía sobre todas las cosas el lustre y la amenidad de su propio ensimismamiento soñador y meditabundo. Se aproximó incluso a los dos desagradables idiotas de los ojos enrojecidos con la elaboración de un gran caballero que por error ha acabado en un tugurio. Así pudo también deslizarse melifluamente a través de todas las fisuras de la escala social —hablando en pie de igualdad con los jóvenes aristócratas en Eton o con la familia de clase obrera al elegir un trozo de carne para la comida del domingo. De Quincey, por cierto, se preciaba de la facilidad con la que pasaba de una esfera a otra: «… desde mi más temprana juventud —observaba—, me he sentido orgulloso de conversar sin ceremonias, more Socratico, con todos los seres humanos, hombre, mujer y niño, que el azar pudiera poner en mi camino». Pero cuando leemos sus descripciones de estos hombres, mujeres y niños, nos vemos inducidos a pensar que conversaba con ellos con tanta soltura por lo poco que para él se diferenciaban entre sí. El mismo trato servía para todos por igual. Sus relaciones, incluso con aquellos con los que más intimaba, ya fuera lord Altamont, su amigo de la escuela, o Ann, la prostituta, eran ceremoniosas y gentiles por igual. Sus retratos poseen los contornos fluidos, las poses estatuarias, los rasgos indiferenciados de los héroes y las heroínas de Scott. Y tampoco su propio rostro queda exento de la ambigüedad general. Cuando llegaba la hora de decir la verdad sobre sí mismo, se encogía ante esa tarea con todo el horror de un distinguido caballero inglés. La franqueza que nos fascina en las confesiones de Rousseau —la determinación de revelar lo ridículo, lo mezquino, lo sórdido que había en él— le resultaba abominable. «Sin duda nada es más repugnante para los sentimientos de los ingleses —escribió— que el espectáculo de un ser humano aireando en nuestra presencia sus úlceras y escaras morales».


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