El lector comun
El lector comun Claramente, pues, De Quincey como autobiógrafo adolece de grandes defectos. Es difuso y redundante; es distante y soñador y esclavo de las viejas mojigaterías y convenciones. A la vez era capaz de quedar transfigurado por la misteriosa solemnidad de algunas emociones; de darse cuenta de cómo un momento podía trascender en valor cincuenta años. Era capaz de dedicar a su análisis un talento que los analistas profesos del corazón humano —los Scott, las Jane Austen, los Byron— no poseían entonces. Lo encontramos escribiendo pasajes que, en su conciencia de sí mismo, apenas tienen parangón en la ficción decimonónica: