El lector comun

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Es verdad, por supuesto, que estos tipos del hombre y la mujer originales, estos reyes heroicos, estas hijas fieles, estas reinas trágicas que recorren las épocas con paso majestuoso, plantando siempre los pies en los mismos lugares, sacudiéndose sus ropajes con los mismos gestos, por hábito, no por impulso, se encuentran en la más fastidiosa y desmoralizadora compañía del mundo. Ahí están para probarlo las obras teatrales de Addison, Voltaire y multitud de otros autores. Pero encontrémonos con ellos en griego. Incluso en Sófocles, cuya reputación de contención y maestría nos ha llegado filtrada a través de los eruditos, son decididos, despiadados, directos. Un fragmento que se desprendiera de sus palabras, creemos que daría color a océanos y océanos de teatro respetable. Aquí nos encontramos con ellos antes de que sus emociones se hayan ajado y alcanzado la uniformidad. Aquí escuchamos al ruiseñor, cuya canción reverbera por la literatura inglesa, cantando en su propia lengua griega. Por primera vez Orfeo con su laúd hace que hombres y bestias lo sigan. Sus voces resuenan claras y agudas; vemos los cuerpos velludos y leonados jugando al sol entre los olivos, no graciosamente colocados sobre plintos de granito en los pálidos pasillos del Museo Británico. Y entonces, súbitamente, en medio de toda esta intensidad y compresión, Electra, como si se ocultase la cara tras el velo y nos prohibiera pensar más en ella, habla de ese mismo ruiseñor: «el pájaro asustadizo que, siempre gimiendo, se lamenta por Itis, por Itis, mensajero de Zeus. ¡Ay, desgraciadísimo Níobe! ¡A ti te considero una divinidad, tú que en tu tumba de rocas, ay, ay, incesantemente lloras!».[7]


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