El lector comun

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Así había sido la primera experiencia de los gozos de la vida de casada de Mary Wollstonecraft. Y después su hermana Everina se había casado míseramente y había mordido su anillo de casada hasta hacerlo pedazos en el carruaje. Su hermano había sido una carga para ella; la granja de su padre se había perdido y para que ese hombre de mala fama con la cara arrebolada, de temperamento violento y pelo sucio comenzara de nuevo, se había sometido a la aristocracia como institutriz. En resumen, no había sabido nunca qué era la felicidad y, en su defecto, se había inventado un credo apropiado para hacer frente a la sórdida miseria de la vida humana. Lo básico de su doctrina era que nada importaba, excepto la independencia. «Toda obligación que recibimos de nuestros congéneres es un nuevo grillete, algo que sustrae nuestra libertad de nacimiento y envilece la mente.»[64] La independencia era la primera necesidad para una mujer; ni gracia ni encanto, sino energía, coraje y el poder para hacer efectiva su voluntad eran sus cualidades necesarias. Su mayor alarde era ser capaz de decir: «Nunca he tomado la determinación de hacer nada importante a lo que no me pudiera adherir libremente». Por supuesto había mucha verdad en las palabras de Mary. Cuando apenas sobrepasaba los treinta, fue capaz de mirar atrás hacia una serie de acciones que había llevado a cabo en directa y manifiesta oposición. Había conseguido una casa a base de esfuerzos prodigiosos para su amiga Fanny, tan sólo para encontrarse con que Fanny había cambiado de opinión y no quería una casa después de todo. Había abierto una escuela. Había persuadido a Fanny para que se casara con el señor Skeys. Había dejado su escuela y se había ido a Lisboa sola para cuidarla cuando Fanny estaba muriendo. En el trayecto de vuelta había obligado al capitán del navío para que rescatara un barco francés naufragado amenazándole con contarlo si se negaba. Y cuando, vencida por una pasión por Fuseli, declaró su deseo de vivir con él y recibió una negativa rotunda de parte de su mujer, había hecho efectivo al instante su principio de la acción resolutiva y se había ido a París con la determinación de ganarse la vida con su pluma.


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