El lector comun
El lector comun La Revolución no fue por consiguiente un acontecimiento que hubiera sucedido fuera de ella; fue un agente activo en su propia sangre. Se habÃa sublevado toda su vida —contra la tiranÃa, contra la ley, contra las convenciones. El amor a la humanidad del reformador, que tenÃa tanto de odio como de amor, fermentó dentro de ella. El estallido revolucionario en Francia puso de manifiesto algunas de sus más hondas teorÃas y convicciones, y escribió a la carrera, al calor de aquel momento extraordinario, esos dos libros atrevidos y elocuentes, la Replay to Burke y la Vindicación de los derechos de la mujer, que son tan auténticos que ahora parecen no contener nada nuevo— su originalidad se ha convertido en lugar común para nosotros. Pero cuando se encontraba en ParÃs alojándose sola en una casona y vio con sus propios ojos al rey, a quien despreciaba, pasar delante de ella rodeado por la guardia nacional e irguiéndose con mayor dignidad de lo que ella habÃa esperado, entonces, «apenas puedo decirte por qué», se le saltaron las lágrimas. «Me voy a la cama —finalizaba la carta—, y, por primera vez en mi vida, no puedo apagar la vela». Las cosas no eran tan sencillas, después de todo. No era capaz de comprender ni siquiera sus propios sentimientos. Vio la más cara de sus convicciones llevada a la práctica, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se habÃa granjeado fama e independencia y el derecho a vivir su propia vida, y quiso algo diferente. «No quiero que me amen como a una diosa —escribió—, pero deseo serte necesaria». Pues Imlay, el americano fascinante a quien su carta iba dirigida, se habÃa portado muy bien con ella. Lo cierto es que se habÃa enamorado apasionadamente de él. Pero una de sus teorÃas era que el amor debÃa ser libre —«que el afecto mutuo era el matrimonio y que el lazo del matrimonio no debÃa atar tras la muerte del amor, si el amor muriese». Y aun asÃ, a la vez que querÃa libertad querÃa certeza: «Me gusta la palabra afecto —escribió—, porque significa algo habitual».