El lector comun

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Sin embargo, en una obra, ¡qué peligrosa debe ser por fuerza esta poesía, este lapso de lo particular a lo general, con los actores allí presentes, con sus cuerpos y sus caras esperando pasivamente a que se haga uso de ellos! Por esta razón las últimas obras de Shakespeare, donde hay más de poesía que de acción, se leen mejor que se ven, se comprenden mejor si se deja fuera el cuerpo propiamente dicho que teniéndolo, con todas sus asociaciones y movimientos, a la vista. Las restricciones intolerables de la obra podrían verse aliviadas, no obstante, si se pudiera encontrar un medio por el cual lo que fuera general y poético, comentario, no acción, pudiera liberarse sin interrumpir el movimiento del conjunto. Es esto lo que ofrecen los coros; los ancianos o ancianas que no toman parte activa en la obra, las voces indiferenciadas que cantan como pájaros en las pausas del viento; que pueden comentar, resumir o permitir que el poeta hable u ofrezca, por contraste, otra faceta de su idea. Siempre, en la literatura imaginativa, donde los personajes hablan por sí mismos y el autor no toma parte, se deja sentir la necesidad de esa voz. Pues aunque Shakespeare (a menos que consideremos que sus bufones y locos suplan ese aspecto) prescindiera del coro, los novelistas siempre están ideando algún sustituto: Thackeray hablando él mismo en persona, Fielding saliendo y dirigiéndose al mundo antes de subir el telón. Así que para captar el significado de la obra, el coro es de suma importancia. Hay que ser capaz de caer fácilmente en esos éxtasis, esas palabras desaforadas y en apariencia irrelevantes, esas expresiones a veces obvias y tópicas, para determinar su relevancia o irrelevancia, y atribuirles su relación con el conjunto de la obra.


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