El lector comun

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¿Qué daño le había hecho su vida a ella como poeta? Un daño grande, no lo podemos negar. Pues está claro, al hojear Aurora Leigh o las Cartas —a menudo una recuerda a la otra—, que la mente que encontró su expresión natural en este poema ágil y caótico sobre hombres y mujeres auténticos no fue una mente que sacara provecho de la soledad. Una mente lírica, erudita, melindrosa podría haber usado la reclusión y la soledad para perfeccionar sus facultades. Tennyson no pedía más que vivir con libros en pleno campo. Pero la mente de Elizabeth Barrett era vivaz y secular y satírica. No era una erudita. Los libros no eran para ella un fin en sí mismos, sino un sustituto de la vida. Corrió por las páginas porque tenía prohibido corretear por la hierba. Lidió con Esquilo y Platón porque era impensable que discutiera sobre política con hombres y mujeres vivos. Sus lecturas favoritas durante su invalidez fueron Balzac, George Sand y otras «impropiedades inmortales», porque «hasta cierto punto mantuvieron el color en mi vida». Nada es más llamativo cuando por fin rompió los barrotes de la prisión, que el fervor con el que se lanzó a la vida del momento. Le encantaba sentarse en un café y observar a la gente que pasaba; le encantaban las discusiones, la política y los conflictos del mundo moderno. El pasado y sus ruinas, incluso el pasado de Italia y las ruinas italianas le interesaban mucho menos que las teorías del señor Hume, el médium, o la política de Napoleón, emperador de los franceses. Los cuadros italianos o la poesía griega despertaron en ella un entusiasmo desmañado y convencional, en extraño contraste con la independencia original de su mente cuando se aplicaba a los hechos reales.


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