El lector comun
El lector comun Al ser esa su inclinación natural, no resulta sorprendente que, incluso en las profundidades del cuarto donde estuvo enferma, a su mente le diera por la vida moderna como materia poética. Esperó, sabiamente, hasta que su huida le hubo dado alguna medida del conocimiento y de la proporción. Pero es indudable que los largos años de reclusión le habían hecho un daño irreparable como artista. Había vivido encerrada, intentando adivinar lo que había fuera y magnificando inevitablemente lo que había dentro. La pérdida de Flush, el perro de aguas, le afectó como hubiera afectado a otra mujer la pérdida de un hijo. Los golpecitos de la hiedra contra el cristal se convertían en los azotes a los árboles en un vendaval. Se amplificaban todos los sonidos, se exageraban todos los incidentes, pues el silencio del cuarto de la enferma era profundo y la monotonía de Wimpole Street era intensa. Cuando por fin fue capaz de «entrar precipitadamente en salones y sitios similares, y hacer frente cara a cara y sin máscara a la humanidad de la época, y contar llanamente su verdad», estaba demasiado débil para soportar la conmoción. La habitual luz del día, las habladurías del momento, el ir y venir habitual de los seres humanos la dejaba exhausta, eufórica y deslumbrada en un estado en el que veía tanto y sentía tanto que no sabía del todo qué sentía ni qué veía.