El lector comun
El lector comun Aurora Leigh, el poema-novela, no es, por consiguiente, la obra maestra que pudiera haber sido. Más bien es el embrión de una obra maestra; una obra cuyo genio flota difuso y fluctuante en alguna etapa prenatal esperando la pincelada final de capacidad creativa para traerla al mundo. Estimulante y aburrida, desgarbada y elocuente, monstruosa y exquisita, todo ello por turnos, sobrecoge y desconcierta; pero, no obstante, siempre requiere nuestro interés y nos inspira respeto. Pues queda claro mientras leemos que, sean los que sean los fallos de la señora Browning, fue una de esas escritoras excepcionales que se arriesgan atrevida y desinteresadamente en una vida imaginativa que es independiente de sus vidas privadas y exige que no se la considere una personalidad. Su «intención» sobrevive; el interés de su teorÃa redime mucho de lo fallido en su práctica. Abreviada y simplificada según el razonamiento de Aurora en el libro quinto, esa teorÃa se presenta en este sentido. La verdadera obra de los poetas, decÃa la autora, es presentar su propia época, no la de Carlomagno. Más pasión se concita en los salones que en Roncesvalles con Roldán y sus caballeros. «Retroceder ante el barniz moderno, el abrigo o los volantes, / pedir a gritos togas y lo pintoresco es fatal y también necio». Porque el arte vivo presenta y deja constancia de la vida real, y la única vida que podemos conocer realmente es la nuestra. Pero ¿qué forma —pregunta— puede adoptar un poema sobre la vida moderna? La dramática es imposible, porque sólo obras serviles y dóciles tienen alguna oportunidad de éxito. Además, lo que tenemos que decir (en 1846)[68] sobre la vida no es apropiado para «las tablas, actores, apuntadores, la luz de gas y el vestuario; nuestra escena es ahora el alma misma». ¿Qué puede hacer ella entonces? El problema es difÃcil, la actuación está destinada a quedarse corta en el empeño; pero ella al menos ha exprimido su alma sobre cada página de su libro y, por lo demás «permÃteme que piense menos en formas y en lo externo. / ConfÃa en el espÃritu … mantén el fuego encendido / y deja que las generosas llamas se den forma a sà mismas». Y asà el fuego ardió y las llamas se elevaron.