El lector comun
El lector comun y así sucesivamente. Romney, en resumen, vocifera y lanza gritos como cualquiera de esos héroes isabelinos a quien la señora Browning había mantenido tan imperiosamente fuera de su sala de estar. El verso libre se había revelado como el enemigo más despiadado del habla viva. La conversación, sacudida por la marejada y el vaivén del verso, se eleva, se vuelve retórica, vehemente; y como la conversación, ya que la acción queda descartada, debe seguir adelante, la mente del lector se torna rígida y su mirada ausente bajo la monotonía del ritmo. Siguiendo los alegres compases de su ritmo más que las emociones de sus personajes, la señora Browning se ve arrastrada hacia la generalización y la declamación. Forzada por la naturaleza de su medio, pasa por alto los matices emocionales más leves, sutiles y ocultos con los que un novelista construye trazo a trazo un personaje en prosa. El cambio y el desarrollo, el efecto de un personaje sobre otro, todo esto se abandona. El poema se convierte en un prolongado soliloquio, a la vez que el único personaje que nos resulta conocido y la única historia que se nos cuenta son el personaje y la historia de la propia Aurora Leigh.