El lector comun

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Y efectivamente, si comparamos la novela en prosa y el poema-novela, de ninguna manera deben atribuirse todos los triunfos a la prosa. A medida que avanzamos con rapidez por una página de narración tras otra, donde una decena de escenas que el novelista resolvería por separado quedan prensadas en una, en la que unas páginas de descripción deliberada se funden en un solo verso, no podemos pues evitar pensar que la poeta se ha adelantado al prosista. Su página está el doble de atestada que la de él. Los personajes, además, si se muestran no en conflicto, sino más bien cortados a tijeretazos y resumidos con algo de la exageración de un caricaturista, poseen una significación enaltecida y simbólica con la que la prosa y su enfoque gradual no pueden rivalizar. El aspecto general de las cosas —el mercado, la puesta de sol, la iglesia— tiene un brillo y una continuidad, debido a las compresiones y elisiones de la poesía, que se ríen del prosista y su lenta acumulación de detalles minuciosos. Por estas razones Aurora Leigh sigue siendo, con todas sus imperfecciones, un libro que aún vive y respira y tiene su razón de ser. Y cuando pensamos en lo apagadas y frías que yacen las piezas teatrales de Beddoes o de sir Henry Taylor, a pesar de toda su belleza, y que rara vez en nuestros días se turba el reposo de las obras clásicas de Robert Bridges, puede que sospechemos que a Elizabeth Barrett la inspiró un destello de auténtico genio cuando entró precipitadamente en el salón y dijo que aquí, donde vivimos y trabajamos, está el verdadero lugar del poeta. Por lo menos su valor estuvo justificado en su propio caso. Su mal gusto, su inventiva torturada, su abrirse paso con dificultad, su debatirse y su impetuosidad confusa tienen espacio para consumirse sin infligir una herida mortal, mientras que su ardor y abundancia, sus brillantes facultades descriptivas, su humor astuto y cáustico, todos nos contaminan con su propio entusiasmo. Reímos, protestamos, nos quejamos —es absurdo, es imposible, no podemos tolerar esta exageración ni un momento más—, pero, no obstante, leemos hasta el final cautivados. ¿Qué más puede pedir un autor? Pero el mejor cumplido que le podemos lanzar a Aurora Leigh es que hace que nos preguntemos por qué no ha dejado sucesores. Seguro que la calle o el salón son temas prometedores; la vida moderna es digna de la musa. Pero el rápido bosquejo del que se deshizo Elizabeth Barrett Browning cuando saltó de su sillón y entró lanzada al salón está aún por concluir. El conservadurismo o la timidez de los poetas todavía le deja el botín principal de la vida moderna al novelista. No tenemos ningún poema-novela de la era de Jorge V.


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