El lector comun

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¡Qué absolutos y poco complacientes son estos poetas! La poesía, dicen, no tiene nada que ver con la vida. Las momias y los wombats, Hallam Street y los omnibuses, James Collinson y Charles Cayley, los ratones de mar y la señora Tebbs, Torrington Square y Endsleigh Gardens, incluso los caprichos de las creencias religiosas son irrelevantes, ajenos, superfluos, irreales. Lo que importa es la poesía. La única cuestión de algún interés es si la poesía es buena o mala. Pero esta cuestión de la poesía, podríamos señalar aunque únicamente fuera para ganar tiempo, es de suma dificultad. Muy poco de valor se ha dicho sobre la poesía desde que el mundo es mundo. El juicio de los coetáneos es casi siempre erróneo. Por ejemplo, la mayoría de los poemas que figuran en las obras completas de Christina Rossetti fueron rechazados por los editores. Sus ganancias anuales con su poesía fueron durante muchos años de unas diez libras. Por otro lado, las obras de Jean Ingelow, como ella apuntó sardónicamente, llegaron hasta la octava edición. Hubo, por supuesto, entre sus contemporáneos uno o dos poetas y uno o dos críticos cuyo juicio debe ser respetuosamente consultado. Pero ¡qué impresiones tan diferentes parecen formarse de las mismas obras, con qué pautas tan diferentes las juzgan! Por ejemplo, cuando Swinburne leyó su poesía, exclamó: «Siempre he pensado que nunca se ha escrito poesía más gloriosa», y prosiguió para apuntar de su «Himno de Año Nuevo»


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