El lector comun
El lector comun Parecería, entonces, que hay al menos tres escuelas de crítica: la escuela de la música marina que refluye; la escuela de la irregularidad del verso y la escuela que invita al lector no a analizar sino a llorar. Esto es confuso; si las seguimos todas no llegaremos sino al fracaso. Mejor quizá sea leer por uno mismo, exponer la mente desnuda al poema y transcribir en toda su premura e imperfección cualquiera que sea el resultado del impacto. En este caso sería algo como lo que sigue: Oh, Christina Ros setti, tengo que confesar humildemente que aunque sé muchos de tus poemas de memoria, no he leído tus obras de cabo a rabo. No he seguido tu curso ni analizado tu evolución. Verdaderamente dudo que evolucionaras mucho. Fuiste una poeta instintiva. Viste el mundo siempre desde el mismo ángulo. Los años y el ir y venir de la mente con hombres y libros no te afectó en lo más mínimo. Prudentemente hiciste caso omiso de cualquier libro que pudiera turbar tu fe o de cualquier ser humano que pudiera desconcertar tus instintos. Fuiste sabia tal vez. Tu instinto fue tan seguro, tan directo, tan intenso que produjo poemas que suenan a música en los oídos, como una melodía de Mozart o un aria de Gluck. Mas a pesar de toda su simetría, el tuyo fue un canto complejo. Cuando tocabas el arpa, muchas cuerdas sonaban a la vez. Como todos los instintivos, poseías un agudo sentido de la belleza visual del mundo. Tus poemas están llenos de polvo dorado y «el brillo diverso de fragantes geranios»;[71] tus ojos advertían incesantemente cómo los juncos tienen «puntas aterciopeladas» y los lagartos tienen una «extraña malla metálica»;[72] tu ojo en verdad observaba con una sensual intensidad prerrafaelita que debió de sorprender a Christina la anglicana. Pero a ella le debías quizá la fijeza y la tristeza de tu musa. La presión de una tremenda fe rodea y sujeta firmemente juntas estas cancioncillas. Tal vez a eso le deban su solidez. Sin duda le deben su tristeza —tu Dios era un Dios severo, tu corona celestial tenía espinas—. Tan pronto como te regalas la vista con la belleza, tu mente te dice que la belleza es vana y que es pasajera. La muerte, el olvido y el descanso giran alrededor de tus canciones con su oscura ola. Y entonces de un modo incongruente, se oye un sonido de prisas y risas. Son los pasitos de animales, las extrañas notas guturales de los grajos y los gimoteos de obtusos animales peludos gruñendo y olfateando. Pues en modo alguno fuiste puramente una santa. Tomabas el pelo; tirabas de la nariz. Estabas en guerra con toda farsa y todo fraude. Por más modesta que fueras, aun así eras drástica, estabas segura de tu don, convencida de tu visión. Una mano firme podaba tus versos; un oído agudo comprobaba su música. Nada blando, ocioso, irrelevante entorpecía tus páginas. En una palabra, eras una artista. Y así quedaba abierto, incluso cuando escribías para ti recreándote con campanitas, un sendero para el descenso de ese visitante abrasador que llegaba de vez en cuando y fundía tus versos en esa unión indisoluble que ninguna mano puede deshacer: