El lector comun
El lector comun mejor quiero amapolas llenas de dulce muerte
o yedra que estrangula aquello que engalana,
junto con velloritas que se abren a la luna.[73]
Ciertamente, tan extraña es la constitución de las cosas, y tan grande el milagro de la poesía, que algunos de los poemas que escribiste en tu pequeño cuarto de atrás se encontrarán unidos en perfecta simetría cuando el monumento en memoria del príncipe Alberto sea polvo y oropel. Nuestra posteridad remota cantará:
Cuando yo haya muerto, amado,[74]
o:
Mi corazón es como un pájaro que canta,[75]
cuando Torrington Square sea un arrecife de coral quizá y los peces entren y salgan de donde solía estar la ventana de tu habitación; o tal vez el bosque habrá reclamado esas aceras, y el wombat y el tejón africano se arrastrarán sobre mullidas patas inseguras entre la verde maleza que entonces se enredará en las verjas del lugar. En vista de todo esto, y volviendo a tu biografía, si yo hubiera estado presente cuando la señora Tebbs dio su té, y si una mujer mayor, bajita y de negro se hubiera puesto en pie y caminado hacia el centro de la sala, sin lugar a dudas habría cometido alguna indiscreción. Habría roto un cortaplumas o estrellado una taza de té en el embarazoso ardor de mi admiración cuando dijo: «Yo soy Christina Rossetti».