El lector comun
El lector comun Esa es la razón por la que Jude el oscuro es el más doloroso de todos los libros de Hardy y el único contra el que podemos con justicia formular una acusación de pesimismo. En Jude el oscuro se permite que los razonamientos dominen las impresiones, con el resultado de que aunque la miseria del libro sea sobrecogedora, no es trágica. Calamidad tras calamidad, nos parece que la causa contra la sociedad no se está exponiendo con imparcialidad ni con un entendimiento profundo de los hechos. No hay nada de esa amplitud y fuerza y conocimiento de la humanidad con la que, cuando Tolstói critica a la sociedad, hace de su acusación algo formidable. Aquí se nos ha revelado la crueldad mezquina de los hombres, no la gran injusticia de los dioses. Sólo es necesario comparar Jude el oscuro con El alcalde de Casterbridge para ver dónde radicaba el verdadero poder de Hardy. Jude continúa con su contienda lamentable contra los decanos de universidades y las convenciones de la sociedad sofisticada. A Henchard se le mide no contra otro hombre, sino contra algo externo a él y que es contrario a los hombres de su ambición y poder. Ningún ser humano le desea mal alguno. Incluso Farfrae y Newson y Elizabeth Jane, con quienes ha sido injusto, llegan todos a compadecerse de él y a admirar su fuerza de carácter. Él le hace frente al destino, y al apoyar al viejo alcalde de cuya ruina ha sido él mismo el culpable en gran parte, Hardy nos hace sentir que estamos respaldando la naturaleza humana en una contienda desigual. No hay pesimismo aquí. Durante todo el libro somos conscientes de lo sublime de la situación, y aun así nos la presenta en su forma más concreta. Desde la escena inicial, en la que Henchard vende a su mujer al marino en la feria, hasta su muerte en Egdon Heath, la energía de la historia es magnífica, su humor rico y vivo, su movimiento libre y flexible. La procesión de los cuernos,[83] la lucha entre Far frae y Henchard en el pajar, las palabras de la señora Cuxsom sobre la muerte de la señora Henchard, la conversación de los rufianes en Peter‘s Finger con la naturaleza presente como tras fondo o misteriosamente predominante en primer plano se hallan entre las glorias de la narrativa inglesa. Breve y escasa, tal vez, sea la medida de felicidad que a cada uno se le concede, pero mientras la lucha sea, como fue la de Henchard, con los decretos del destino y no con las leyes del hombre, mientras sea al aire libre y requiera la acción del cuerpo más que de la mente, hay entonces grandeza en la contienda, hay orgullo y placer en ella, y la muerte del comerciante de maíz enfermo en su casita de Egdon Heath es comparable a la muerte de Áyax, señor de Sala mina. La verdadera emoción mágica es nuestra.