El lector comun
El lector comun Ante un poder como este, se nos hace creer que las pruebas habituales a las que sometemos la ficción son inútiles. ¿Insistimos en que un gran novelista será un maestro de la prosa melodiosa? Hardy no era nada de eso. Él trata de encontrar a base de sagacidad y una sinceridad absoluta la frase que desea, que con frecuencia es de una mordacidad inolvidable. Si no da con ella, se las arreglará con cualquier giro lingüístico casero, espeso o anticuado, ora de lo más desmañado, ora de una elaboración erudita. Ningún estilo en literatura, excepto el de Scott, es tan difícil de analizar; a primera vista es muy malo, mas sin lugar a dudas logra su propósito. También podríamos intentar racionalizar el encanto de un camino enfangado de la campiña, o de un simple campo de tubérculos en invierno. Y entonces, como el mismo Dorsetshire, a partir de estos mismos elementos rígidos y desmañados, su prosa ganará en grandeza; fluirá con la sonoridad del latín; tomará forma con una simetría enorme y monumental, como la de sus propias colinas desnudas. Entonces, de nuevo, ¿necesitamos que un novelista observe las probabilidades y se mantenga cerca de la realidad? Para encontrar algo que se aproxime a la violencia y la complejidad de las tramas de Hardy debemos remontarnos al teatro isabelino. Aun así aceptamos su relato por completo al leerlo; más aún, llega a ser obvio que su violencia y su melodrama, cuando no se deben a un curioso amor por lo monstruoso porque sí, propio de un campesino, son parte de ese salvaje espíritu de la poesía que vio con intensa ironía y sarcasmo que ninguna interpretación de la vida puede superar la rareza de la vida misma, que ningún símbolo del capricho y la sinrazón puede ser lo bastante intenso para representar las sorprendentes circunstancias de nuestra existencia.